Delirio de amor

       En el dolor, amar y morir son lo mismo. Este parangón es cuando la aceptación tiene lugar. Tal como duele amar duele la muerte. La postura frente al fin, la finitud del ser, esta vida única, irrepetible, da sentido a la ansiedad y a la angustia.

       El amor incondicional quizá no es amor sino otra cosa como tolerancia. El amor exige sacrificio, entrega a la tarea, donde me olvido de mí mismo para formar parte del otro. Entrega pagana y sagrada a la vez. Nos hundimos en un piélago oscuro, profundo de donde salimos solidificados, salados, manando agua. Trazamos, con gotas, continuas líneas que inventan un contorno, superficie curva, donde no queremos perdernos en el artefacto. Al sacrificio caemos, el sujeto amante y el sujeto amado, y ascendemos. Caemos en la zozobra del relato buscado ¿para qué? ¿por qué? ¿qué hacer? ¿hasta cuándo? y ascendemos en la afirmación de seres amados.

       La cosa está pero no es. Este pensamiento conocido por el ser antiguo, hoy es necesario distinguirlo, afirmarlo: yo, yo soy; la cosa está, el objeto no-es. La independencia es del objeto, la cosa deriva sin mí. Yo dependo y más vale que dependa de otro ser, sujeto, yo igual tú.
       La tierra, esta nave automática, que sostiene nuestra permanencia, es independiente de nuestra actitud. Mientras, el sentimiento es el vínculo social establecido, creado por y para ser. Y la existencia del ser es la sustancia divina, por eso cuando miro, enamoro y cuando conozco, amo.
       Al ser, escindido, la existencia lo aúna, lo incluye partiendo del dos. El ser es en el intercambio.

       A diferencia de la cosa el acto es volitivo, se cumple en el movimiento del ser, hacer y estar.

       Sin odio, este solo, amor, condena a la existencia, a la fantasía, a la entrega, a morir, al vacío y al deseo. Así construimos el muro del espacio, torre desmoronada. Y la invocación: yo amo, cuaja, invade, fantasea, pulsa, la memoria que lleva y trae del no ser.

       La aceptación interrumpe el delirio del amor idílico que describía un fuera de sí, sin faltas, sin dioses, sin existencia, sin sentido, sin vacío.



He asumido la lectura del libro de un conocido que se presentó a un concurso de cuentos por correo del Espacio Mixtura y ganó en la selección de cuentos.

Marcos Ibarra es un pintor de óleo, tinta, acuarela, buen dibujante y ya premiado en estas vicisitudes de la escritura. Prueba de ello son “Los mutantes” una serie de comics referidos a la cultura, idiosincracia, política en apretada síntesis y juegos de palabras.
En “De las aventuras de Germán Villemel. Experto en fenómenos paranormales” (editora: yauguru) cada relato corto está unido por el mismo personaje y son de finales sin finalizar. De los casos que se le presentan al experto ninguno queda resuelto. Además de esa particular constancia no hay en los relatos algo llamativo en demasía que me entretenga en los primeros tres cuentos. El fraseo corto y accesible se presenta con sencillez contrastando la complejidad de los asuntos que trata, ninguno creíble.
Su autor reconoce que el personaje lo persigue y ante la insistencia él redacta cada aventura lo más fiel posible.
Vuelvo a repetir la resolución de los cuentos quedan en el aire, se consumen en una combustión marrón sin ninguna energía concomitante tal como en el cuarto cuento “En perspectiva”. Donde una crítica a Emiliano Cotelo se desplaza suave a una nada como el soñar despierto.
A la mitad del libro encuentro el ritmo y me alío al experto para visorizar, aún sin tener el Pranascopio, unos finales que se van cerrando en una clase de filosofía tendenciosa. Ahora sí me gusta. Una miga ideológica asoma.
“...En mi Pranascopio, la luz violeta que indica la presencia de una energía de carácter divino o sobrehumano, se encendió inmediatamente. Nunca pensé que esa luz se habría de encender alguna vez y nadie lo pensó jamás; su inclusión ... era solamente para representar un estado posible de lo imposible, casi como una broma de buen gusto entre los expertos en fenómenos paranormales...” pág.46
Hay que tener en cuenta que Marcos pertenece a la siguiente generación de los desaparecidos así que la sola mención de un grupo “Encontrados a sí mismos” resalta la condición necesaria de lo posible en lo imposible. (pág. 47)
Ahora prosigo la lectura más a gusto.