Nociones sin tiempo ni espacio.
Conato de la escritura.
Ahora, lo que ansío es la etapa en que no tiemblo, no temo quedar en ridículo, en que miro sincera, amando, aceptando. Es ésta, yo mismo pido, reclamo, exijo dar y otorgar, recordarnos.
Ercole Lissardi escribe “...¿habrá una ecuación tal que dadas las variables nos permita calcular cuánto, cómo y a quién mañana desearemos?...”
Las tres sombras acuden a la puerta encimándose, reflejo blanco del espacio vacío, opaco del espacio relleno, oscuro de la sombra reconocida, igual a sí misma. He abierto la puerta, las tres sombras siempre han estado. He cerrado la puerta. Las tres sombras se pegan al yo.
Y el deseo, amor, se presenta para blanquear la pulsión, limpiar las fantasías. Basta, estoy agotada de pensarnos. Quiero mi espacio despejado aunque opaco y vacío. Y al mismo tiempo pregunto ¿quién será?, el próximo objeto de fantasía.
El ansia de poder conocer, ver, enamorar, desear, pensar, amar, una serie de funciones que asemejan, enfrentan, igualan en una figura cuyo signo crees adivinar, imaginar, razonar o claudicas al infinito.
Es la búsqueda de Dulcinea, figura sin rostro, a quien servir; entrega que presumes total, aún sabiendo que la única fusión posible es con la muerte.
Metafísica de la escritura.
La mirada de quien escribe es descriptiva. Describe objetos, líneas, formas, distancias, espacios acotados, emociones, sensaciones, reacciones, colores, texturas, pensamientos, personajes.
El espacio de quien escribe está en tránsito, es un movimiento leve entre vistas imaginadas. Quien escribe juega con las palabras, el fraseo y el lenguaje creando listas incongruentes. Una imagen lleva a la otra así como la palabra llama a su congénere. La frase costumbrista pide permiso para caer en la línea asociativa, disociativa, tanto da. Difiere el accionar, en una actitud donde miro la punta del bolígrafo desplazarse, a un plano lleno de grafía redonda.
Es el simple placer, dejar la mano correr sobre la superficie plana de dibujos acotados, algarabía por el arabesco aprehendido, creyendo que la idea maneja cuando es el renglón que dicta la orden: un concepto, por favor. Ejes horizontales cuyas frecuencias formaran un prisma.
Quien escribe cree ser el titiritero que maneja al Pinochio. Cuando se le revela la inversión queda indefenso cual Gregorio Samsa. Algo más se descompone, rompiendo, no al espejo (ya la fragmentación es polvo) sino ( podría poner la aparición pero está muy visto) algo que nunca llegó, llega a ser. La línea vertical del titiritero con Pinochio ha cruzado la horizontal. Ahora, la cruz de los ejes x/y pide espacio; una traslación del plano z al plano w.
Un volumen, materia y espíritu asentando en la hendidura, corte, quiebre de la no unión. Ahí estamos hundiéndonos, inexorables, inevitablemente a la masa.
