vaivén, deseo del retrato por una desalmada


La foto me había elegido mucho tiempo atrás o quizá no tanto. Me gustó la estética del artista en la elección de los modelos. Un equilibrio entre casi natural y casi pose. Además me resultaba sustituta de otras fotos que no recuerdo en qué me identificaba. Ésta, aunque podía percibir un ser más joven, me colocaba en un futuro expectante. Porque en el futuro sería así, me sentiría así, alguien contemporánea a las primeras salidas del Quijote. Es la ventaja del sexo o la falta que aún siento. De todas formas no importa nunca importo. Apenas, como te decía al igual que en la adolescencia, se me escapa un suspiro.

Y no es fácil contar de una que lleva un papel que envuelve un ramo recibido o no entregado. Como el último regalo que compré adelantado y no te lo entregué porque cometí el error de preguntar y entonces el otro reclamo que él sí quería; más aún precisaba de un regalo. Y se lo di.
¿Y una qué puede hacer con un ramo inesperado? Por favor no quiero anunciar ausencias, me lo prohíbo. Y sí sé que la vida o la letra son iguales pero a destiempo. Y eso qué importa. Algo importa, yo sé que sí.

Y siempre te tengo en la punta de la lengua y entonces, ella pregunta por reacciones impropias de una y no quiero seguir para concluir que no era esto lo que esperaba de él. Y que sí, sé lo que espero, y no.
Aquí sigo como la vida. No debo parar de repetirlo para no olvidarlo, como me pasó cuando le dije después te doy la dirección y suerte que ni él se la creyó pero si se lo hubiese creído, y toda esta mala sangre para qué, ya sabía que actuaría como una maldita o inclusive que me escondería en esa suerte de comportamiento desquiciado por el que se me conoce.

            Y como te contaba la foto ya me había elegido. Al verla me dí cuenta, era una de las seleccionadas. Le llegué a escribir así al aire, al público, cuánto deseaba un retrato, no suyo, mío ¿Me harías un retrato? Entonces la foto me transmitía alegría, libertad, decisión, nada que fuese decadente por favor.
Y hoy vengo a descubrirla intervenida, agigantada. Gigantografía con lluvia de pintura rojo sangre. Sangre, sí, qué otra interpretación puedo dar al papel manchado. Casi para película de la Llorona o la Sombra ¡en qué la has convertido! ¿Cómo te atreviste a agregarle a la tranquilidad del otoño, a la dama de negro, al ramo zarandeado, agregarle esa nota trágica, la sinfonía del pote entero, de sangre, rojo? ¿Dónde has juntado toda esa hiel que te decides a tirar en una?

El contorno de la sombra claramente femenino me ayudó a reflejarme. Incluso el envoltorio de papel blanco agrega algo de inmaculado, siempre necesario, siempre creído, siempre añorado. Ahora con tu intervención la mancha sangre me recuerda que no existe pureza en la no acción, que no existe pureza en el camino reglado, que no existe lo inmaculado en el apartamiento.

Y ahora qué hacer con el deseo de ser retratada, tomada de frente, perfil y espalda. En un movimiento que forme el círculo concéntrico que soy, donde las líneas circulares del contorno, fugaces, se vean permanentes, donde la mancha en mi cuerpo lo vuelva etéreo. Retrato entero pero diluido en movimiento, ese que deseo mantener.

No me gustan las rosas rojas así como no me gusta el color negro o gris. Pero no pude rechazar el ramo. Encima para que no pincharan le había sacado espina por espina a cada tallo. Qué sacrilegio, una sabe como evitar las espinas y además un pinchazo de vez en cuando trae a la realidad.
El aniversario no es mi mejor fecha. Recordar el comienzo de lo que no sabía que comenzaba nunca tuvo sentido. Además, rosas rojas. Demasiado intenso, tragicómico. Notó el mohín, preguntó si era alérgica. Sí, al rojo, pero contesté: no; porque una sabe callar, guardar, aceptar.
Y juré amor y aquí llevo los colores de la inevitable muerte.








    Ahora sí puedo contarte, estoy de vuelta. Acompañé a Lidia al último lugar de reposo, como lo llaman. Ella esperó paciente y dulce el fin. Al final no quería que la mirase ni atendiese en forma alguna.
Yo creo que la despedida la había ensayado. Fiel a sí  misma, sus palabras, gestos sin fuerza pero elocuentes.
 No conocía el Parque del Recuerdo, fui, qué mas remedio, pensando en decaer en algún momento. El lugar es un parque  parquizado, bien cuidado, sin olores desagradables y se ve gente como en un paseo al parque.
No soy banal, me conocés. Y sin embargo insisto.
             
Parece que cuando llegue a mi final no seré guardado junto a ella. Así que el adiós ha sido más que definitivo. No olvidé su frase siempre repetida con sorna, sensual, linda hasta la muerte: “Con los hombres mucho cuidado”, y quién quiere cuidarse. Sentí que lloraban, más de una se sonaba la nariz, yo no.

Asistí a la representación de la muerte y Lidia hizo el rol central, como siempre acostumbró. La amo y siento su pérdida, sin tristeza. El dolor se lo llevó con ella. A mí me queda lo que sigue.

 Me traje las rosas rojas. A ella no le gustaban, a mí sí con espinas. Vuelvo pronto, te extraño.







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